Santo Domingo.- A un año de la tragedia ocurrida en la discoteca Jet Set, que dejó 236 fallecidos, las secuelas físicas y emocionales continúan marcando la vida de los sobrevivientes. Ana María Fernández es una de ellos.
Estuvo bajo los escombros aquella noche y hoy, aún en proceso de recuperación, reconstruye lo vivido de entre los recuerdos que no desaparecen, hoy ve la vida con más valor.
Ana María revive lo ocurrido con una mezcla de gratitud y tristeza. “En parte sí me siento afortunada, pero a veces es difícil, porque las imágenes es difícil de borrar”, dice con voz pausada, mientras recuerda lo que define como uno de los momentos más duros de su vida.

Todo ocurrió en segundos
Todo ocurrió en segundos. Ella no entendía lo que pasaba, hasta que su esposo reaccionó primero.
“Él vio cuando cayó y me haló hacia la pared. Yo estaba más hacia el centro, pero él fue agíl”, relata en el 55 minutos.
Ese movimiento fue determinante. Aunque no logró moverse completamente, quedó en una posición semi sentada mientras los escombros caían sobre su cuerpo. Su pierna quedó atrapada.
En medio del caos, no tuvo tiempo de procesar lo que sucedía. “Yo sentía el pie, pero no podía sacarlo”, explica.
No fue hasta que logró salir que entendió la gravedad de sus heridas. Para liberarse, tuvo que hacer fuerza con la misma pierna atrapada, lo que le provocó la ruptura del ligamento cruzado. Hoy un año después, sigue en recuperación.
Los médicos le han dicho que podrá mejorar, pero el proceso es lento. Aún camina con dificultad y continúa en terapia.
“Todavía estoy gastando mucho y no sé cómo voy a quedar”, confiesa. La recuperación no ha sido solo física: el impacto emocional también pesa.
Pedidos de ayuda
Dentro del lugar, mientras intentaba salir, vivió escenas que aún la persiguen.
“Había mucha gente gritando, sobre todo mujeres. Todo el mundo quería salir por la puerta”, recuerda. Su esposo, herido en la cabeza y el hombro, intentaba que alguien la ayudara.
“Le decía a la gente que me ayudaran, pero nadie podía. Todos estaban enfocados en salir”.
Una imagen, en particular, no la abandona. “Vi una muchacha al lado mío, fallecida, con los ojos abiertos. Eso nunca se me olvida”. Ese momento marcó un antes y un después.
“Cuando veo los videos, no duermo. Me pongo a llorar”, admite.
Aunque no conocía a las víctimas, siente una conexión profunda. “Es como si fueran parte de mi familia. Estábamos todos juntos ahí”. Esa sensación se mantiene viva en un grupo de sobrevivientes, donde comparten experiencias y el dolor colectivo. “Hay mucha impotencia. A veces no entro porque es difícil escuchar a la gente llorar por sus hijos o familiares”.
Ana María también cuestiona lo ocurrido. “Eso se pudo haber evitado”, afirma con firmeza. Ese sentimiento es común entre los afectados, que, según cuenta, siguen esperando respuestas.
Ayuda económica
En el plano económico, la situación también ha sido compleja. Asegura que no ha recibido apoyo suficiente para cubrir sus gastos médicos.
Aunque recibió una oferta económica de parte de los abogados, decidió rechazarla. “Me ofrecieron medio millón, pero yo he gastado más de un millón y todavía no me recupero”, explica.
Su vida cambió por completo. Durante el primer mes no pudo ver a su hijo. “No comía bien, no dormía. Fue un mes muy difícil”, recuerda.
El reencuentro estuvo marcado por la emoción, pero también por el peso de lo vivido.
Hoy, al mirar atrás, reconoce que ya no es la misma persona. “Hoy veo la vida diferente. La veo con mas valor porque muchos ya no estan y es muy dificil pensar: ¡Wow yo estaba ahí!, ¿Cómo sobreviví?”, dice. La experiencia le dejó una nueva perspectiva, atravesada por la conciencia de haber sobrevivido a algo que muchos no lograron.
Refúgiense en Dios
Cuando se le pregunta qué mensaje daría a las familias de las víctimas y a otros sobrevivientes, su respuesta es breve, pero cargada de fe: “Que se refugien en Dios. Es el único que nos puede dar fuerza para seguir”.
Esa noche, mientras estaba atrapada, también pensó en eso. “Yo le decía a Dios que no se cayeran las paredes, porque si eso pasaba, no iba a quedar nadie vivo”.
Hoy, un año después, Ana María sigue en pie. No completamente recuperada, pero viva. Y con una historia que, como muchas otras, aún espera cierre.
